intercambiar productos, para asegurar una mejor subsistencia. La historia ha demostrado que a partir de esta dinámica nace la cultura, lo que permite el desarrollo de los pueblos, cada uno con su propia identidad e idiosincrasia. De esta manera se origina el consumo, como se ha designado desde tiempos inmemoriales a la actividad del ser humano consistente en hacer suyo (adquirir, tener y usar hasta su destrucción, ya sea física o intelectual) distintos bienes, materiales e inmateriales.
Siguiendo tal línea, y asumiendo que el hombre es un ser que vive en sociedad, a
nadie debiera extrañarle el hecho de que al poco andar, dicho consumo haya sido utilizado para demostrar cierta cualidad o imagen frente al resto de la sociedad, que incluye tanto amigos como desconocidos. De esta manera, comienza a desarrollarse el consumo simbólico -algunos lo llamarán “consumo conspicuo”, pues busca poner en relieve cierta cualidad de superioridad- que en un primer momento tiene una connotación netamente estatutaria, ya que lo que se busca comunicar es una superioridad social, en código de clases sociales.
Sin embargo, las vertientes más progresistas han comenzado a sugerir que, en la
actualidad, dicho clivaje de clases estaría siendo superado en términos de consumo -al menos parcialmente- de modo que ahora dicha práctica se estaría orientando en función de otras variables. Es la llegada de la cultura del “consumo identitario”, término que resulta netamente inconveniente, pues no se puede dejar de notar que el mismo “consumo estatutario” es una suerte de consumo identitario, en el cual la identidad se basa en el status. Por ende -y tal como se explicará más adelante- la voz “consumo identitario” busca hacer referencia a una dinámica de consumo en el que se comunica algo -hay, por tanto, consumo simbólico- pero dicha comunicación no se basa en una relación vertical de status, sino en una identidad horizontal, en un “estilo de vida” distinto.
Se trata, en todo caso, de una teoría que incluso según sus más acérrimos
defensores, se estaría gestando muy paulatinamente en la sociedad. Mike Featherstone, sociólogo inglés especializado en el posmodernismo y su relación con la cultura y el consumo, ha declarado por ejemplo que las primeras impresiones de este tipo de consumo impermeable a presiones estatutarias, se estarían dando recién en los jóvenes y en algunas porciones de la clase media alta con cierta educación pero sin vinculaciones a la nobleza tradicional. Según se verá al desarrollar la teoría de este autor, la época actual está comenzando a desarticular los modelos clásicos de identidad, produciendo una
“desclasificación cultural”, en la que los jóvenes tendrían una mayor ingerencia, por ser un grupo etáreo que participa íntimamente de la lógica y la dinámica social del
posmodernismo. A esto se le debe sumar el hecho de que se trata de una generación que está constantemente expuesta a las interacciones sociales con sus similares, y que transita persistentemente forjando su identidad, esto es, buscando la aceptación de un grupo social, y al mismo tiempo, subrayando las diferencias con otros grupos con los que no se desea ser identificado.
A partir de estas reflexiones ha surgido el interés por determinar qué sentido se
encuentra presente en el consumo en la juventud de nuestro país. Cuáles son sus
propósitos o finalidades, y en qué piensan los jóvenes cuando quieren adquirir algún bien, y alguna marca en particular, o cuando planean recurrir a algún lugar de entretención. Es por ello que se ha propuesto realizar una investigación empírica, que permita responder las preguntas que se vayan originando a lo largo de todo este estudio.